La gata y el martillo


Capítulos: 1 Caida 2 Huella 3 Cruce


Caida

Sobre los tejados del casco antiguo, una bandada de palomas alza el vuelo y se disuelve en el cielo claro.

En la azotea de un edificio centenario, el zumbido de las herramientas sacude el aire como un trueno. Los operarios no levantan la vista. El sudor les nubla los ojos y les cala bajo los cascos.

Abajo, en el patio interior, una joven de coleta alta tiende la colada bajo el sol de mayo que le dora los hombros. Sus ojos no se apartan del niño que juega a unos metros.

Arriba, el más joven de los trabajadores suelta su herramienta un instante para beber. No la asegura. Ni él ni su jefe lo notan. No saben que ese trozo frío de metal lo cambiará todo.

El martillo vibra, se tambalea, rueda sobre las tejas rojas. Acelera su descenso. Nadie lo alcanza. Nadie lo frena. Desde el cielo, una sombra corta el aire. Un impacto seco revienta un macetero junto a la colada, y el estruendo retumba en todo el patio.

La joven da un respingo, un grito agudo se le escapa. Se gira de golpe, busca con los ojos a su hijo.

—¡Eh! ¡Los del techo! —vocifera, y señala el desastre.

Las ventanas se abren. Las persianas suben. Un murmullo tenso se apodera del patio mientras los vecinos se asoman.

En la azotea, el jefe de los operarios se quita el casco. Por un instante, el ruido de las máquinas se apaga y solo queda el latido en sus sienes. A su lado, el joven que dejó caer el martillo se encoge, baja la cabeza, como si quisiera fundirse en el suelo.

—Joder… —musita el jefe, y enseguida ordena detenerlo todo—. ¡Bajo ahora mismo!

Se retira el arnés, cruza la azotea a zancadas y desaparece por la escalera. Mientras tanto, otro operario de pelo oscuro ajusta sus gafas y se asoma al borde del tejado.

Desde allí ve a la joven que ya no tiende. El ceño fruncido. El cuerpo erguido como un resorte.

—¿Están bien? —pregunta el trabajador, y la voz se extiende por el patio—. Mi jefe ya baja para hacerse cargo.

Ella señala los restos del macetero, con el rostro encendido por la rabia:

—¡Casi matáis a mi hijo!

En el interior de una de las viviendas, una joven se levanta de golpe de su escritorio. Reconoce esa voz. Se asoma a la ventana, aunque su estatura apenas le permite ver por encima. Al escuchar el llanto del niño, su preocupación la lanza escaleras abajo sin pensarlo.

En el hueco de la escalera, el jefe de los operarios baja de tres en tres los peldaños. Su cabello negro, suelto de la coleta, se pega al sudor sobre la frente. El aire no termina de entrarle al pecho.

Mierda. Que nadie se haya hecho daño o el mes que viene nos quedamos en la puta calle.

La puerta de la joven se abre de golpe.

Él frena en seco, se detiene a apenas unos centímetros de ella. Tan cerca, que respira su perfume a jazmín y jabón.

El miedo la atraviesa como un rayo. Grita. Levanta las manos. Y, al mismo tiempo, algo más profundo y turbio se apodera de ella: una extraña fascinación por la sombra imponente que él proyecta.

—Perdón —dice él con rapidez, antes de esquivarla y continuar su descenso.

Al llegar al patio, se detiene un momento para evaluar la escena. La muchacha de la coleta vocifera y gesticula para mayor entretenimiento de los vecinos que contemplan la escena desde las ventanas de sus dormitorios.

El jefe avanza hacia ella con un rostro que muestra una mezcla de profesionalidad y tensión. Notablemente agobiado, se acerca hasta ella, muy serio:

—¿Alguien está herido o se ha roto algo? —pregunta, antes de llevarse una mano al pecho—. Soy el responsable de las obras. Creo que a mi compañero se le ha caído una herramienta sin querer. ¿Puedo pasar a ver dónde está y qué ha pasado?

Ella lo observa con una mirada que podría calcinarlo. Antes de responder, se gira para atender a su hijo, que no ha dejado de llorar.

Él revisa el lugar con los hombros tensos, mientras ella calma al niño.

Inmediatamente, la muchacha menuda llega al patio. Muy preocupada, se acerca a su amiga.

—¡Carmen! ¿Estás bien? ¿Y Dani?

Carmen cruza los brazos mientras su hijo se agarra a sus piernas. Exhala furiosa antes de responder.

—Sí, Eva. Estamos todos bien. Pero no gracias a estos, que han dejado caer un martillo desde un tercero. ¡Podrían haber matado a alguien!

Ligeramente más aliviada, Eva respira profundamente. Le frota el brazo a su amiga, y se aparta el cabello ondulado de su flequillo.

—¿No os habéis hecho daño, verdad? Quédate aquí con Dani. Yo me encargo.

Eva se inclina para mirar de cerca lo que ha pasado, con una mano apoyada en el cuello de su camiseta, para evitar mostrar el escote. Se aclara la garganta, y da pequeños pasos hasta el muchacho que levanta el martillo, arrodillado.

—Disculpe. ¿Puede explicarme qué ha pasado? Mi amiga está algo nerviosa.

La voz de Eva, aunque firme, tiembla ligeramente al final. No sabe si es por la situación o por la tensión de esos hombros que no sueltan el teléfono.

Gira apenas el rostro hacia ella, con peso añadido en los párpados. La melodía de espera al otro lado le quema el oído con la paciencia que no le queda.

—Mi compañero ha soltado la herramienta sin querer. Parece que nadie se ha hecho daño. Solo se ha roto esta maceta.

Su tono, grave y distante, resuena a quien preferiría estar en cualquier otro lugar.

Eva sigue la dirección de su mirada hacia el martillo. La maceta astillada la estremece. Su ahijado podría no estar ahora llorando en los brazos de su amiga. El pecho sube y baja en un intento de calmarse.

—Tenéis que tener más cuidado —replica, aunque el temblor en su voz desmiente su intención de mostrarse firme—. Con un despiste como este, podría haber pasado algo grave.

Él, sin levantar la vista del móvil, se endereza lentamente.

Lo que me faltaba. Ahora querrán una indemnización, o alguna mierda parecida. No tengo tiempo para esto.

La locución de espera termina, pero él no repite la llamada. Deja la pantalla muda pegada a su mejilla y fija la mirada en un punto como si siguiera escuchando algo.

Mete la mano en el bolsillo de su mono de trabajo. La tela negra se estira sobre un torso que parece diseñado para desviar pensamientos. Un suspiro cargado escapa de sus labios.

—Lo siento mucho. Me hago responsable de todo lo que se haya roto.

Extrae una tarjeta de visita. Su mano, grande y cubierta de pequeñas marcas, se extiende hacia ella. Eva duda por un segundo antes de tomarla.

—Estoy hablando con mi aseguradora —añade él, en un tono más bajo—. Si encuentra algo más, yo me encargo de que todo quede como estaba.

Ella asiente, finge leer la tarjeta. Intenta esconderse de esos ojos negros que apenas la han visto. Se gira despacio. Juguetea con las esquinas del cartón mientras camina hacia Carmen, Dani y la vecina del bajo. Revisa el patio. Pero su atención sigue dispersa, atrapada en la sensación de que su mundo frágil acaba de rozar con una fortaleza que podría aplastarla sin siquiera intentarlo.

Con una ceja alzada, Carmen capta al instante el interés que su amiga intenta disimular. Suspira de forma exagerada y exclama:

—¡Buff! ¡Menudo sofocón! —Baja a su hijo al suelo—. Pero dile que te dé su número. Por si rompen otra cosa antes de irse.

Un parpadeo rápido traiciona a Eva. Saca del bolsillo la tarjeta que había guardado, sujeta con la punta de los dedos, para no borrar las huellas de hollín que él ha dejado en el cartón blanco.

—Ya tengo el número… —murmura, un susurro que no consigue ocultar su desconcierto.

Carmen la descubre mordiéndose el labio, mientras lo sigue por el rabillo del ojo. Le arrebata la tarjeta con una sonrisa traviesa y, como quien disfruta de una travesura ajena, lee en voz alta:

—A ver… «Mantenimiento vertical de edificios y estructuras». Y… se llama Iván Torres Serrano.

El nombre retumba en la mente de Eva. Lo murmura sin darse cuenta. Y ya no consigue borrarlo. Sus ojos buscan de nuevo esa figura: la espalda ancha bajo el mono de trabajo, la musculatura dibujada a pesar del tejido tosco, la firmeza de un cuerpo que parece moldeado para el esfuerzo.

Aparta la vista, pero no consigue acallar el vértigo que le muerde el estómago. Se reprocha por pensar en eso después del susto. Y, sin embargo, algo de él la arrastra más de lo que querría reconocer.

Un codazo cómplice de su amiga la sobresalta.

—Si lo sigues mirando así, a lo mejor se gasta —suelta.

El sonrojo es inmediato. Eva balbucea una excusa que ni ella misma entiende. Baja la mirada. La voz de Carmen es un hilo de picardía:

—Disimula, que viene «el del martillo».

Los latidos de Eva se mudan a sus sienes. No necesita levantar la vista para sentir la presencia de Iván acercarse. El ritmo firme de sus pasos se mezcla con las campanadas cercanas. Resopla y, sin dejar de mirar la pantalla, se detiene junto a ellas, con un único pensamiento:

Sonreiré. Me humillaré si hace falta. No puedo pagar más que la puta maceta.

Su voz grave corta el aire, seca y directa.

—¿La propietaria de la maceta o alguien que represente a la comunidad? —La sonrisa es tensa como las cuerdas del tendedero que los rodean.

Carmen arquea una ceja. Con un empujón estratégico, impulsa a Eva hacia delante.

—¡Eva! Dale tu número. Tú manejas mejor estas cosas.

Un temblor se extiende por su pálida piel. Esconde la mano en el bolsillo de sus vaqueros holgados. Con la otra revuelve el flequillo de su corta melena. Recita el número. La voz apenas más alta que las campanadas de media mañana.

Iván apunta los dígitos. Mira las esquinas donde otros vecinos tienden, charlan, como si nada. Termina y guarda el contacto: «Vecina maceta».

Cuando estén todos contentos, subiré a terminar con esta mierda.

Guardar el móvil. Con un tono más bajo, añade:

—Le pasaré su contacto a la aseguradora, si no le importa.

Eva carraspea. No se atreve a levantar la vista. Pero sus hombros se encogen solos, mientras comenta:

—No soy tan mayor como para que me hablen de usted —intenta bromear, pese al temblor en la voz.

Un suspiro tensa los hombros de Iván, dispuesto a cerrar el asunto, hasta que la expresión de ella lo detiene. Esos ojos marrones, como el final cálido de una tarde. Pestañas que parecen ver bajo su ropa de trabajo, desarmando donde menos lo esperaba.

Casi sonríe de verdad, cuando el zumbido de herramientas en la azotea corta el momento. Iván sacude ligeramente la cabeza y recupera su postura erguida.

—Si no hay nada más, vuelvo a la azotea. Voy a asegurarme de que esto no se repita.

—¡Claro! —responde Eva con la voz aguda, al recordar las campanadas de las doce—. Yo también subo. Ya se ha terminado mi tiempo de estudio.

La escalinata recoge el eco de sus pasos. Eva mantiene un par de escalones de distancia, suficiente para observar sin ser vista. Cada movimiento de Iván, cada flexión de los músculos bajo la camiseta, parece hipnotizarla con lo que podría hacerle.

En un intento por atar su imaginación, carraspea, y dice:

—Gracias por bajar tan rápido.

Iván frena un segundo. Gira el rostro con una mirada que pesa. No hay reproche ni distancia en ella, solo una firmeza tranquila que hace temblar las certezas de Eva.

Tal vez si me la gano, esto se quede en nada.

—Gracias a ti por mediar. Y perdona por interrumpir tu estudio.

—¡No! Perdona tú por las formas de mi amiga. Normalmente es un amor, pero con Dani… se transforma en mamá osa —aclara ella con una oleada de calor en su rostro sonriente.

Las facciones de él se suavizan con un destello de diversión. Una grieta fugaz en un muro.

—Es lógico. No te preocupes.

El ascenso continúa. Ambos miran más a los escalones que al otro. Pero la urgencia late bajo la piel de Eva.

¿De qué puedo hablarle? Solo quiero que no desaparezca tan rápido.

—Si no es mucho preguntar… ¿qué estáis haciendo en el techo?

Iván aminora el paso, sorprendido por la pregunta. Responde y su voz suena más ligera, casi amable:

—Reparamos la impermeabilización. Así evitamos que vuelvan a aparecer humedades.

No entiende mucho de obras, para ella ese detalle desaparece. Lo que importa es el tono de su voz, la forma en que el ambiente parece haberse vuelto un poco menos denso.

—¿Os falta mucho para acabar? —se arriesga a preguntar, temiendo parecer demasiado interesada.

La respuesta de él vacila. Evita su mirada como quien protege algo frágil.

—Si todo sale bien, mañana por la tarde habremos terminado y dejaremos de molestaros.

El corazón de ella da un vuelco. Se apresura a responder. Sus pies llegan al mismo escalón que los de él. Sin pensar demasiado, confiesa:

—¡No! A mí no me molestáis. Solo preguntaba.

Iván sonríe, y en esa curva sincera parece perder parte de su armadura.

¿Se llamaba Eva? Tengo que cambiar el contacto antes de que lo olvide.

Suspira, y el aire lleva una pizca de ironía.

—Uf… Este mantenimiento era de los sencillos. Pero en cuanto me descuido, algo se complica.

Llegan al rellano. Eva señala su puerta, como quien marca el final de algo que no quiere terminar.

—Bueno… Este es mi piso. Gracias por todo.

Iván asiente, con una sonrisa ladeada, suficiente para que los hoyuelos le asomen en las mejillas al despedirse:

—Que pases un buen día.

Desarmada, apenas consigue devolverle el gesto antes de entrar. Cierra la puerta y apoya la espalda en la madera, aún le tiembla el cuerpo.

Un vértigo inesperado la golpea. Como si él fuera un espejismo: demasiado sereno, seguro, para dejar encerradas sus fantasías.

¿Qué pasaría si subo a la azotea? Un eco amargo se abre paso entre su confusión: ¿Qué podría encontrar él en mí?

Cierra los ojos. El torbellino sigue entre su pecho y la puerta. Sabe que aún lleva en la piel cicatrices que otros dejaron. Aprieta los puños para alejarse de la puerta, y vuelve a esconder su instinto bajo capas de torpeza y distancia.

Pero ahí está él. Sin saberlo, despertando en ella el deseo de volver a ser vista. De volver a arriesgarse. Un deseo que la asusta. Y, aun así, no quiere soltar.


Huella

La luz llega desde el patio interior al escritorio, pero las palabras se escurren en sus apuntes. Baja el volumen de Mission Control de Normandie. La mente no quiere más que regresar a esos hoyuelos, a esos ojos oscuros.

Escucha un golpe sordo desde la azotea. Levanta la cabeza, atenta. Nada. Los trabajadores se preparan para marcharse. Exhala. Los hombros se desploman ante la idea de no volver a verlo.

El móvil vibra en la mesa. El corazón se desboca. La esperanza se desvanece con la alarma para ir a trabajar. Frunce el ceño y ahoga un suspiro.

Se muerde la mejilla, esa costumbre que la acompaña desde el instituto. Ahora, sola, no hay nadie a quien engañar.

La certeza de que él es un guiño mezquino para recordarle su más íntima frustración, la desmorona sobre los apuntes, antes de incorporarse para ponerse el uniforme.

Al girarse, no encuentra su polo negro entre la ropa limpia que Carmen le dejó sobre la cama. Abre el ropero y exhala: el caos duerme allí sin pagar alquiler. Rebusca entre montones de prendas. Cree encontrar su uniforme, pero al tirar, un sonido metálico envuelto en satén negro parece morderle la mano. Tiembla y empuja para devolverlo al fondo. Cierra la puerta con rapidez. El desorden podría ser lo único que la separe de fantasmas capaces de destrozarla.

Eva cierra la puerta principal, como si el pestillo pudiera atrapar lo que la persigue. Ese trozo de satén, mínimo, cabría entero en su bolso. Aun así, siente el peso en sus dedos mientras baja las escaleras.

Frunce los párpados hasta que el rumor del portal la obliga a aferrarse al pasamanos. Desde el rellano de la primera planta, sus ojos tropiezan con las estructuras metálicas junto a la entrada. Y entonces, su respiración se detiene.

Con la mirada en el suelo, Iván entra. Afloja el arnés de seguridad que lleva sobre su camiseta de trabajo ajustada. Sin prisa, suelta las correas de sus brazos bronceados. Cada movimiento captura la atención de Eva. Un suspiro entrecortado se le escapa, suficiente para que él se gire intrigado.

Al verla, sonríe con calidez, con una naturalidad que ella admira.

—Buenos días —su voz grave la envuelve, y dispara el rubor desde el cuello de Eva.

Le devuelve el saludo con un titubeo y las manos en el flequillo, para ocultar su sonrojo, aunque sabe que es inútil.

Reposado contra el portón, deja caer el peso en un hombro y detiene la mirada en sus facciones.

Parece tranquila. Si fueran a denunciarme, no sonreiría así.

—¿El niño está bien? —pregunta con su expresión más encantadora.

A Eva se le escurre el asa del bolso. Su voz sale más aguda de lo habitual.

—¡Sí! Muchas gracias. ¿Te ha dicho algo la aseguradora?

No he tenido un minuto, y si lo tuviera, me subirían la cuota del seguro por cómo se rompió la maceta.

Iván se lleva una mano a la nuca y cierra los ojos.

—No creo que te llamen corriendo. Pero, si algún vecino te comenta algo, me dices, ¿vale?

La mentira pesa un segundo, antes de que pueda apartarla.

Al pasar junto a él, siente el pulso en los pies. Esa figura la hace encogerse apenas un instante. Avanza entre los materiales apilados, y sus ojos vuelven a las correas negras en el suelo. Busca refugio y alza la vista: sus miradas se cruzan y su boca se abre levemente.

El rastro de humo y metal la acompaña hasta el exterior, pero lo que la hace perder el ritmo es esa sonrisa con hoyuelos que la sigue con la mirada.

Eva fija la vista al frente para no tropezar. La piel se eriza al imaginar cómo las correas podrían apretar ese cuerpo bronceado, hasta que un recuerdo le baja la barbilla al pecho. Apura el paso para escapar de su mirada. Se aferra al asa del bolso y se repite:

No te ilusiones. Al menos no te has escondido al verlo…

Iván aprieta la madera áspera del portón. Asoma la cabeza sin perderla de vista. La cadencia femenina y disimulada de sus movimientos… como si su piel quisiera ir adonde ella va. Hasta que el recuerdo del martillo se cruza con la responsabilidad.

Céntrate de una puta vez.

Suspira. Los materiales sobre el suelo lo llaman de vuelta. El olor a aceite industrial borra el matiz de jazmín que ella dejó atrás. Los hombros se tensan; la parte de él que siempre vigila se activa, esperando el próximo tropiezo ajeno.

—¿Y mi maceta? —exclama una voz áspera tras él.

Iván da un respingo. Se gira. Una mujer mayor, de pelo blanco y ojos vivaces, lo mira como quien atrapa a un ladrón.

—¿Tú eres el del martillo? —insiste ella.

Sonreiré para ganármela y no terminar el trimestre en rojo.

Iván fuerza el gesto que no termina de acomodarse en su cara.

—Fue mi compañero. Pero yo me ocupo. Estamos desmontando y ya no molestaremos más.

—¿Eva tiene tu número? —pregunta la señora.

Él asiente y hace ademán de sacar la tarjeta. Ella lo detiene en el acto.

—No. A mí no —responde—. Sus padres se encargaban de esas cosas, pero ahora lo hace ella.

Él deja la sonrisa puesta hasta que le duelen las mejillas. Va a despedirse, cuando la señora añade:

—Le preguntaré si la has llamado cuando la vea. No me voy a olvidar —se sube las gafas y, antes de volver con su talega de ropa limpia, añade—: Y cuando la llames, que no sea solo para divertiros.

La palabra cae entre ellos como un eco incómodo. Iván abre la boca.

—¿Divertirnos? —pregunta en automático.

—Ella soltera y tú con esa… —murmura, antes de echarle un último vistazo general, e insistir—: ¡Quiero mi maceta de vuelta!

El portazo se contiene tanto como la carcajada de Iván.

Se lanza escaleras arriba. Acelera el paso. Cada peldaño le recuerda el horario que lo exprime y devuelve vacío, como el contacto con siluetas que solo cambian de nombre. El eco de sus zancadas golpea los techos altos, metrónomo que anuncia lo obvio.

¿Cuándo fue la última vez que tuve tiempo para algo verdaderamente divertido?

Las piernas parecen arrastrar su casi metro noventa, cual soporte prestado. Al llegar arriba, se detiene un instante. El aire arde al entrar, cada respiración fuerza un espacio en ese cuerpo que ha olvidado cómo sostenerse a sí mismo.

La tarde siguiente huele a café y a jarabe de glucosa. Eva limpia la leche derramada del mostrador cuando un grupo de hombres entra en la cafetería. Llevan todos el mismo mono azul de mantenimiento. Alza la vista. Las piernas se entumecen.

No hay arnés, ni rastro de él. El aire que suelta arrastra un sabor amargo. Las horas se olvidan de su sitio en el reloj. Mientras tanto, busca una excusa para llamarlo. Algo que parezca casual.

Vuelve a casa con algo de cena y sin mensajes. En el salón, Carmen y Dani comparten una sandía, al verla, el niño corre hacia ella y se aferra a su pierna. Eva lo alza en brazos. Lo besa en la mejilla; el aroma a lavanda de su champú le despierta una ternura callada. Lo entrega de nuevo a Carmen, que le susurra antes de desaparecer por el pasillo:

—Espérame. Lo acuesto y hablamos.

A solas, picotea algo sin hambre. El móvil es una piedra en su bolsillo. Lo saca: el chat sigue inerte, ridículo. El pecho se le endurece. Inhala, sin que el aire entre del todo.

¿Cómo le digo algo sin mostrar las cartas?

Carmen regresa media hora después. La encuentra absorta en la mesa.

—¿Qué pasa, corazón? —pregunta.

Eva se encoge de hombros y confiesa:

—No sé si hablarle ya o esperar a la aseguradora…

—Si esperas más días se olvidará de ti. ¡Háblale ya! ¿Qué vas a perder? —dice Carmen.

Eva tira la mirada al suelo.

Si le escribo, ¿cuánto tardará en morir mi fantasía?

Los labios le pesan con lo que no dice, hasta que Carmen le arrebata el móvil:

—¿Te lo escribo yo?

Eva recupera el teléfono y camina hacia el baño. Su amiga la sigue. En el marco de la puerta, Eva la mira y aprieta los dedos contra la madera.

—Mañana le escribo. Te lo prometo. Ahora estoy hecha polvo.

El agua caliente le suaviza la quemazón de la espalda. Con el dedo dibuja líneas. Letras. Un nombre que borra antes de completarlo.

De mañana no pasa. Tal vez…

La mañana la encuentra despierta. Escucha la alarma y se arrastra fuera de las sábanas. Se viste deprisa, sin tiempo para estudiar. Corre al trabajo. La cafetería bulle. Hay fútbol y no queda espacio para pensar. No hasta bien entrada la noche.

En otra cama, Iván deja que el resplandor del móvil le ilumine el cansancio en el rostro. Teclea despacio:

«Hola. ¿Qué tal? ¿Todo bien por el edificio? Siento la hora, he estado muy liado con el trabajo».

El mensaje titila. Revisa la hora: medianoche. Demasiado tarde para hablar, imposible cerrar los ojos.

El hueco en la cama pesa con el recuerdo de la última mujer que estuvo allí. Busca nombres, rostros. Nunca los recuerda. Tampoco pone empeño en evitar la soledad. Siempre son ellas quienes se acercan, las que dejan claro su interés. Cuando es él quien da el paso, al final, acaba otra vez bajo las sábanas frías.

Pero esa chica menuda de mirada felina es distinta. No da señales. No tiene más certeza que sus mejillas, pero podrían no significar lo que él cree.

Mira a su pastor belga mestiza, dormida en su rincón junto a la ventana, y le susurra:

—¿Qué hago, Luna?

La perra suspira en sueños. Iván sonríe con desgana. El chat sigue abierto y sus dedos dudan. Vuelve a mirar la silueta del animal. Recuerda el día que la conoció y cómo lo ha recibido con entusiasmo cada día.

¿Quién, además de mi peque, me esperaría tantas veces sin buscarme reemplazo?

A punto de quedarse dormido, mira la foto de perfil. Esa sonrisa bajo la melena desordenada. Una punzada le baja del pecho, hasta dejar el calor más abajo de su vientre. Deja el móvil en la mesita de noche.

Joder… No pienses más en eso. Mañana le escribes. Duérmete.

La oscuridad lo envuelve mientras Luna respira hondo.

Dos días después, todo sigue igual.

A cielo abierto, Iván y sus compañeros montan los andamios sobre el tejado de uno de los edificios más lujosos de la ciudad, desde donde se ven las montañas cercanas y el mar. Allí, cada paso es preciso, cada movimiento medido. La fachada del edificio se alza sobre ellos como un gigante silente. El compañero de gafas sostiene un travesaño con firmeza. El viento roza la piel de Iván y arrastra el aroma metálico de las herramientas con el de la ciudad.

El compañero que perdió el martillo se acerca y pide en voz baja:

—Pásame la llave 12.

Iván no responde. El zumbido del móvil lo secuestra. El chat en blanco lo encara: sin noticias, solo el nombre del contacto: «Eva», como una astilla en la cabeza. Levanta la mirada. Cientos de tejas rojas, como escamas de la ciudad.

¿Por qué coño no le hablo y ya?

Mira sus manos ennegrecidas de grasa. Escribe:

«Hola. ¿Estarías libre la noche del sábado?».

Las palabras parecen robadas. El arnés, clavado en la ingle, lo devuelve a la última vez: un cuerpo en su cama, la piel aún tibia contra la suya, y el gesto de ella al girarse para vestirse antes de que él volviera a la calma. El golpe de la puerta al cerrarse sonó más real que todo lo anterior.

Ese recuerdo tensa su nuca, hasta que escucha:

—¡Quillo! Espabila, que sopla levante y vamos a llegar tarde a ver el fútbol.

La sequedad del compañero con gafas lo rescata. Iván guarda el móvil y le pasa la llave al más joven, que sigue callado por la timidez.

—Perdona, Jaime —responde a su amigo.

Ajustan el paraviento, y sus manos se mueven con una rigidez inusual. Desde lo alto, el compañero de las gafas replica con la voz cargada de curiosidad:

—¿Qué te pasa? Estás en las nubes. Y aquí con un despiste… —mira a Jaime y añade con sorna—: Nos matamos o nos llevamos a alguien por delante.

Sin saber cómo salir de sus propias dudas, Jaime pregunta a Iván:

—¿Ha pasado algo más en el edificio del… martillo?

—Todo bien. Solo necesito descansar —responde Iván mientras se aprieta de más el casco.

Jaime resopla, aún cohibido por su descuido. No insiste y trepa hasta la siguiente planta. Desde allí, el otro compañero le lanza a Iván un último comentario, a medio camino entre reproche y advertencia:

—Solo sé que llevas unos días muy raro, y si te pasa algo, no quiero enterarme el último, otra vez.

Iván suspira con mucho más que cansancio. Sus dedos rozan el móvil en el bolsillo. Levanta la vista y fuerza una sonrisa liviana.

—No te ralles, Miguel. El sábado me iré con mi perra a correr y listo.

Esa noche, al llegar a casa, saca a pasear a Luna. El móvil permanece en su mano como un músculo prestado.

No puedo retrasarlo más. Pero tampoco quiero entrar a saco.

Da varias vueltas a la manzana, se detiene bajo una farola y escribe:

«Buenas… Puede que sea tarde, aunque últimamente no distingo las horas desde que tu foto de perfil me quita el sueño».

Mira a su perra y esboza una mueca:

—¿Te imaginas que voy y le envío esto? ¡Pff! Acosador total.

Borra el mensaje, camina y vuelve a intentarlo:

«Hola, ¿cómo estás? ¿Alguien se ha vuelto a quejar de martillos voladores?».

Lee el texto, imagina la cara de ella al recibirlo. Frunce el ceño.

Cuando llegue a casa la llamo y listo.

La sonrisa de Eva se derrite en su imaginación. Las razones por las que ella pasaría al siguiente, antes de que él pudiera vestirse, le pesan en las manos. Distraído, acaricia la cabeza de Luna más tiempo de lo habitual. Las piernas se tensan al volver hacia su piso. 

El móvil suena. Lo saca al vuelo. No es ella. Pero al ver el contacto, el corazón le da el mismo latigazo.

—¿Qué ha pasado?

—Hola, cariño. ¿Te pillo ocupado?

Se cambia el móvil de mano y frunce el ceño.

—Tú no me llamas nunca, y menos a esta hora. ¿Ha llegado otro aviso del banco?

El suspiro al otro lado lo impacienta, como un mordisco en el costado.

—¿Mamá?

—Solo quería recordarte que mañana pasan el cobro de este mes.

Resopla. Al entrar al portal, las llaves resbalan, igual que el pensamiento:

Y una mierda. Como si yo alguna vez hubiera fallado en un pago.

—¿Qué ha hecho Nico?

La espera lo tensa.

—Nada, mi niño. Ha aprobado todo y con buena nota.

—Eso es lo que tiene que hacer —la respuesta de Iván es rápida y seca, como sus zancadas al subir las escaleras, hasta que se detiene—. ¿Te hace falta dinero?

—Tranquilo, Iván. ¿Nos vemos el domingo? Tu tía dice que «no te ve el pelo».

¿Ahora bromea? Con todo lo que tenemos encima.

—Hasta el domingo.

La puerta de su piso se cierra detrás de él. Luna duerme de inmediato; Iván deja caer el peso sobre los hombros, olvida el móvil sobre la mesita, para intentar aplazarlo todo. La respiración le pesa, hasta que el sueño lo arrastra.

La pantalla se enciende un segundo en la oscuridad.

«Buenas noches. ¿Sabes algo de la aseguradora?»


Cruce

​La noche del jueves huele a orégano y algo a punto de quemarse. Carmen remueve la pasta, y contiene la risa al confirmar que Eva vuelve a lavar el mismo vaso, absorta en las baldosas frías.

​—¿Y el del martillo? —pregunta Carmen, apoyada en la encimera con una sonrisa peligrosa.

​Eva sigue de espaldas mientras coloca los platos.

​—Le escribí anoche, pero lo borré.

​Evita mirar el móvil boca abajo. Sus dedos juegan con los cubiertos.

​—Tic, tac, Eva —Carmen ya no bromea—. Suelta eso antes de perderte un buen…

​La falsa sonrisa de Eva dura lo mínimo.

​—Seguro que tiene a alguien.

​Carmen entrecierra los ojos. El grifo gotea sobre la olla caliente; el chasquido atenúa el suspiro:

​—¿Y ya está? ¿Qué te pasa con esta casa, que el coqueteo se queda siempre en el rellano? —La pregunta de su amiga muerde donde más le duele.

​Eva abre la nevera, mira y cierra sin sacar nada. Piensa:

​Hay tantas cosas que ya no entran en esta casa.

​El crujido de la nevera y el cerrojo del portón son las palabras que se traga. Pero los latidos de Eva tienen otros planes cuando responde:

​—Puede… que esté mejor así.

​Guarda el vaso. Abre un armario, cierra otro. Todo suena más alto de lo que debería. 

​Carmen rueda los ojos, da una palmada y camina hacia el baño, antes de soltar:

​—Me voy a la ducha. Cuando dejes de esconderte de él, me llamas.

​La frase se disuelve en el aire después de quedarse pegada a la piel de Eva. 

​Estoy harta de ser la que siempre tiene que disimular. Como si los demás no escondieran nada.

​Cuando ya debería estar dormida, observa el chat. Se incorpora. Escribe. Borra. Cada palabra parece un idioma nuevo. Escribe un saludo y lo borra antes de poder leerlo. Las letras bailan cuando piensa:

​No voy a estar otra noche sin dormir. Si no responde antes del lunes, lo bloqueo.

​«Hola. Perdona que te moleste, ¿sabes algo de la aseguradora?».

​Lo envía. Esta vez no lo borra.

​¿Lo leerá mientras está con alguien más?

​La respiración sale a medias.

​En su habitación, Iván ignora el móvil.

​Hoy no me duermo mirando la cuenta del banco.

​Pero el pitido de la notificación lo tienta. Encuentra el chat con Eva. El primer mensaje aparece borrado. Se acerca más a la pantalla al verlo. Se sienta en la cama y espera para responder.

​Eva se atropella cuando teclea:

​«Hola, ¿te pillo ocupado?».

​La respuesta le afila la sonrisa a Iván. El pulgar acelera:

​«Cansado más que otra cosa. ¿Alguna novedad de tus vecinos?».

​Al leerlo, Eva siente un pequeño vuelco, sin encontrar con qué comprar más de sus minutos.

​«Solo me ha insistido mi vecina».

​Él estira el cuello, antes de ver el siguiente mensaje de ella:

​«¿Te ha llamado la aseguradora?».

​El cursor parpadea en la pantalla de Iván.

​¿Otra vez?

​Se frota la nuca. Luna ronca junto a los pies de la cama. La carga en brazos y la deja en su camita, mientras piensa:

​Quizás la maceta me sirva para confirmar que su amiga se olvida del martillo.

​«No». Responde, y el pulgar se posa en la siguiente letra, pero una presión antigua en las costillas no le deja seguir.

​El silencio espía a ambos lados del chat, y encuentra a Eva mordiéndose la mejilla.

​Iván traduce los minutos y cada uno confirma lo que no quería ver. Bosteza y escribe:

​«No te entretengo más. Si surge algo, me avisas. Gracias».

​Eva lee el mensaje y sus dedos tamborilean sobre el borde del móvil, pero cuando ve que Iván ya no está en línea, apaga la pantalla. Se deja caer sobre la cama, caldeada con todo lo que calla.

​La alarma aún no suena, pero el siguiente día ya se le ha clavado a Iván entre las costillas. Va y vuelve del trabajo con la intención pegada a la espalda.

​Hoy la llamo y lo dejo todo aclarado.

​Acaba de ducharse después de cenar cuando vuelve a saludarla.

​La notificación llega. Eva tiene cinco respuestas en la cabeza y ninguna en los dedos. Respira. Busca entre las frases que había ensayado mientras servía los cafés. Escribe tan rápido que se equivoca:

​«Hola. Bien. Quería darte las gracias por no desentenderte».

​Iván lee el mensaje y una curva asoma en su rostro. Reescribe el mensaje:

​«Gracias a ti por tu paciencia. Olvidemos la aseguradora. Yo repongo la maceta».

​Eva sostiene el móvil; el pulso se le queda en la muñeca. Entiende que el contacto es puramente práctico. Responde con un emoticono de pulgar hacia arriba.

​Él duda. Escribe y aprieta los labios:

​«¿Podrías ayudarme a reemplazarla?».

​No hay respuesta.

​«No entiendo nada de plantas y tú tienes confianza con la dueña, ¿no?», añade.

​Ella sonríe al leerlo. Mira la hora y lo recuerda con el arnés puesto, sudado…

​Podría retenerlo algo más, pero no sería justo.

​«¿Te importa si te molesto mañana? Le preguntaré a mi vecina qué necesita».

​Que no hablemos solo para divertirnos. La frase de la vecina vuelve. Se la traga con la risa.

​«Tranquila, no es ninguna molestia. Solo estoy descansando, después de correr», responde Iván.

​Con el ceño fruncido, Eva piensa:

​¿Correr un sábado? ¿Tanta energía tiene?

​Pero se muerde la curiosidad y opta por despedirse:

​«Ok. Buenas noches, que descanses».

​Titubea un instante y, tras un impulso fugaz, añade un emoticono que guiña un ojo antes de enviar el mensaje.

​Con ese detalle, Iván observa la pantalla, abre la nueva foto de perfil de Eva. La amplía y observa esos labios finos. Esa expresión lo deja quieto, salvo por la sonrisa torcida que nace sin permiso.

​Sus hombros se aflojan cuando deja escapar un suspiro que no reconoce. Duda, pero al final también él agrega un guiño antes de enviarlo. Se despide, deja el móvil, pero vuelve a la foto. Una idea brota. No sabe si es un plan, o solo ganas. En la oscuridad, la imagen lo retiene, y por primera vez en meses, no tiene que ver con el banco.

​Al ver su guiño, a Eva se le olvida el reloj. Los dedos se aferran al móvil. Respira y recuerda el olor a humo y metal. Imagina ese guiño, con sus hoyuelos y la expresión ladeada. Más cerca de lo que estuvieron en el portal.

​La piel reclama. Deja el móvil. Cierra los ojos. Y entonces sus dedos se mueven. Sin pensamiento. Solo él.

​La mañana siguiente es más cálida que las anteriores, pero él no se detiene. Las piernas le tiemblan. Otra zancada. Los pies ya no pesan; flotan.

​Se abre paso en el bosque de pinos. La sombra aún duerme sobre el suelo pedregoso. El olor a tierra húmeda le llena los pulmones de algo más que oxígeno.

​Cada tanto, Luna aminora hasta que él la alcanza. Como si conversaran con el ritmo. La sonrisa por ella le borra el sudor de la frente.

​Riffs pesados en los auriculares. Caminos vacíos. Y la melodía de pájaros al comenzar el día.

​De vuelta en casa, la rutina desinfla la euforia. El cuerpo le cruje al estirarse; la energía se queda a medias.

​Mientras almuerza, revisa el chat con Eva. Lo recibe una imagen: una maceta sacada de un catálogo web, y debajo caritas que lo hacen sonreír.

​«¡Hola! Más o menos así era antes de que se te cayera el martillo».

​La carcajada le sale sin pensar, como el gesto galante cuando responde:

​«Se le cayó a mi compañero, pero gracias».

​Sentada frente al escritorio, Eva ve el mensaje. Una curva suave se dibuja en sus labios. Los apuntes desaparecen cuando desliza los dedos sobre la pantalla:

​«¿Sabes cuándo podrás traerla? Mi vecina no para de preguntarme».

​Él se estira hasta donde le permiten las agujetas. Responde entre suspiros:

​«No te lo puedo asegurar. Pero intentaré no robarte mucho más tiempo para que puedas estudiar tranquila».

​Eva relee. Ese tono protector le calienta las mejillas.

​«¡No! No hay prisa. Ya me sabe fatal molestarte en tu tiempo libre».

​Una sonrisa ladea la boca de Iván. La imagina al otro lado del chat con el rostro encendido. Respira hondo para no precipitarse. Se suelta la coleta para masajear la piel que tensaba el recogido.

​«Ninguna molestia. Solo descanso después de correr».

​Siente las palmas más calientes por la curiosidad. Lo imagina más allá del mono de trabajo, y responde antes de pensar:

​«¿Te queda energía para correr?».

​Él observa la pantalla. La espontaneidad le suena a invitación. Escribe algo más atrevido. Borra. Vuelve a escribir sin soltar el otro extremo del mordedor con el que juega Luna.

Eva piensa en escribir cualquier cosa, para no parecer entrometida. Entonces él responde: 

​«Me gusta correr con mi perra cuando no trabajo».

​El nudo en el estómago lo sorprende. Respira y espera.

​Ella pesa cada palabra. Lo imagina corriendo junto a un animal y no puede evitar sonreír.

​«¿Tienes una perra? A mi sobrino y a mí nos encantan, pero mi amiga tiene fobia; en casa, imposible».

​Iván sonríe. La pantalla ya tenía la imagen preparada: envía una foto desde otro chat.

​«Se llama Luna».

​En la pantalla de Eva aparece la perra: tranquila, muerde su juguete mientras la luz dorada acaricia su pelaje rubio y negro.

​«¡Qué preciosidad! De cachorra debía ser un peluche».

​Los corazones que añade la delatan.

​Las horas pasan. Ninguno lo nota.

​«Esa foto es de hace unos meses».

​Responde él sin dudar. Luego, mientras se calza en el sofá, añade:

​«Tengo una del primer fin de semana juntos, hace seis años».

​Entrelaza los dedos. Luna mueve la cola como si esperara también la reacción.

​Ahora es cuando me pide la foto. O que se la presente.

​El móvil vibra. Las dos manos junta le arrancan una risa desde el pecho. Envía la fotografía que no suele enseñar.

​En el baño, Eva abre los ojos hasta sentir que podría entrar en la imagen. Él, más joven, coleta corta, agachado con una dulzura que se explica sola. La cachorrita sentada, firme. Devoción mutua.

​Esa postura, la naturalidad que no se aprende. Quiere llevarse el móvil al pecho, pero la llamada de Carmen golpea la puerta.

​Por favor, que en ninguna foto salga con una chica.

​Siente el calor en los dedos al responder sin apartar los ojos de la foto:

​«¿Hace mucho que corres?».

​Él contesta enseguida:

​«Bastante. ¿Tú corres?».

​La pregunta los acerca como un cristal grueso pero transparente. Eva se muerde la sonrisa.

​«Soy más de yoga. No me he atrevido a correr».

​El pijama apenas cubre sus caderas cuando él escribe:

​«¿Y eso?».

​A ella el interés la descoloca. Inspira. Duda. Pero se atreve:

​«Me da vergüenza que me vean correr como una muñeca descosida».

​Él ríe con la mano en los labios. La imagina y al mismo tiempo contiene la risa, como si no quisiera incomodarla aunque no pueda oírlo. Niega  divertido:

​«Lo bueno de correr en el bosque es que no te ve nadie».

​Los dedos de ella tiemblan sobre la pantalla.

​«Debe ser precioso correr rodeado de naturaleza».

​Él deja el móvil sobre la mesita. Se masajea las sienes. Luna sueña. No sabe que a él le sube el calor por dentro.

​Si me bloquea, me lo habré ganado. Pero ya no puedo esperar más.

​Recupera el móvil. Se acerca tanto que la pantalla se empaña.

​«Podrías cambiar de opinión si probaras a correr por el bosque con nosotros».

​Envía. El pensamiento arde:

​Ya te ha dicho que no le gusta correr. Joder. Piensa rápido en un plan B.

​Al leer la frase, el corazón trepa al cuello. El móvil parece de aire en sus manos. Ríe, incapaz de contener la oleada que la hace saltar sobre la cama. El grito se le escapa.

​Carmen asoma la cabeza, curiosa. Al comprobar la hora, Eva se disculpa por el ruido. Su amiga ve la pantalla sobre las sábanas arrugadas. Levanta una ceja y espera.

​—¡Estoy chateando con Iván! —exclama Eva sin poder contener la risa.

​Su amiga aplaude, sin sonido.

​—Me ha propuesto ir a correr al campo —susurra Eva, aún sonrojada.

​Los ojos de Carmen se agrandan. Se lleva la mano a la oreja, teatral.

​—¿Tú y un hombre guapísimo, en mitad de la nada? Corazón… dime que no te has lanzado de cabeza.

​—Todavía no. Me ha pillado desprevenida —protesta, con la carcasa entre los dedos—. Solo quiere hacer deporte.

​—¡Claro! Deporte… —Carmen suelta una carcajada—. Yo sé qué tipo de deporte quiere hacer contigo.

​Eva se tapa la cara con ambas manos, la risa la traiciona.

¿Y si Carmen tiene razón?

​Cuando su amiga se retira, Eva sigue con el temblor en las piernas incluso al escribir:

​«No tengo fondo para correr, pero me encantaría conocerla».

​El pitido arranca a Iván del sueño ligero. Sonríe y escribe:

​«Jajaja. Podemos pasear a Luna por el campo. Tú eliges».

​El estómago de Eva da un vuelco. Responde casi sin pensar:

​«¿Seguro? ¿Cuándo?».

​Al leer su propio «¿cuándo?», el aire tarda en entrar de nuevo. Los minutos pasan. Cada uno le da alas al arrepentimiento:

​Soy una genia. Podría arrojarle mi ropa interior y no sería tan evidente.

​Cada segundo que él tarda en escribir se arrastra como un siglo. Y entonces:

​«¿Te apetece mañana por la tarde?».

​Eva se cubre la cara, reprime un grito. Mira el reloj, incrédula. Sonríe como hace una década. Las manos se mueven solas: 

​«Por mí perfecto. Perdona por la hora».

​Iván responde:

​«No te preocupes. Hablamos mañana. Buenas noches».

​Las caritas que guiñan flotan entre los dos. Iván no llega a apoyar el móvil en la mesita, y ya revisa el chat. Ve la nueva foto de perfil de Eva. Suspira. Cierra los ojos, sus hombros se relajan sobre la almohada, pero su mano no. Los latidos aún no han vuelto a la calma, cuando se queda dormido con la pantalla apagada entre los dedos.

​La esencia del jazmín sobre su piel lo agita. No sabe cómo, pero sus manos ya la sujetan de las caderas. El tacto de sus muslos lo enraiza en las sábanas. Se adentra en su boca. No preguntan; solo se saborean con hambre.

​Un zumbido corta la noche: el móvil brilla en la mesilla. Ve a Eva girar el rostro hacia la pantalla, y él sabe que lo ha visto. Los jadeos se detienen. El aire sale de sus pulmones, sin volver. No lee el mensaje. No hace falta. El reflejo helado en los ojos marrones lo detiene antes de que ella pregunte:

​—¿Por qué me has mentido?

Vuelve a la realidad sobre el pulso disparado. ​El móvil sigue junto a su mano.

​Eva se incorpora de la cama tras haber pensado el doble de lo que ha dormido. El despertador no suena. Camina hasta el salón, los pies no rozan el suelo. Carmen la encuentra mientras se prepara el desayuno y le pregunta:

​—¿Qué tal la enamorada?

​Eva se sienta, con el rubor más allá del cuello. Tose y responde:

​—Pff… ¡Carmen! ¡No empieces!

​Su amiga ríe, pero no cede.

​—Venga, cuéntame. ¿Te va a enseñar… su martillo en el campo o qué?

​—¡Carmen! ¡Te va a oír Dani! —protesta Eva, a punto de reír.

​—Tiene cuatro años, querida. Pensará que hablas de herramientas —baja la voz y le guiña un ojo.

—¡Basta! Estoy de los nervios sin tu ayuda —Eva da un manotazo al aire.

​Carmen sale de la cocina y termina:

​—Está biiieeen… Pero recuerda: usa protección.

​A solas con sus pensamientos, Eva toma el móvil. Duda. Mira el reloj y envía un saludo mínimo, antes de dejar el teléfono sobre la mesa, arrepentida de su propia valentía. El tiempo se estira, vacío. Revisa la pantalla. La suelta y se aleja para disipar la expectación. 

Cree escuchar un zumbido, pero no hay nada.

​Abre la ventana del baño. El aire que entra ya no refresca. Se sacude las manos, como si pudiera quitarse las letras que no escribe. Entra en la ducha. El agua caliente la agobia. El agua fría tampoco sirve. Envuelta en vapor, intenta acallar la pregunta que escuece como jabón en los ojos:

​¿Le habré parecido demasiado intensa?

​En el cristal empañado, su dedo dibuja una silueta: mandíbula fuerte, nariz recta, los ojos… Pero cuando acerca su rostro, el aliento difumina la imagen. La borra y se da media vuelta. Cierra el grifo y se estira para coger la toalla. El sonido de una notificación la hace olvidar  las gotas sobre su piel. Con manos rápidas desbloquea la pantalla.

​El mensaje no aparece donde lo esperaba. Frunce el ceño. El chat con Iván sigue igual.

​Entonces lo ve; un mensaje en un chat nuevo.

​La imagen de perfil no deja dudas: Iván, con gafas de sol de aviador, el cabello más corto y revuelto, con una Luna más joven a su lado. Se queda atrapada por la forma protectora en la que sostiene al animal. No sabe exactamente qué. Algo en esa imagen le resulta tan íntimo que vuelve a meterse bajo la ducha.

​¿Abrazará así a alguien más, o solo a la perra?

​Se mira en el espejo del baño y frunce el gesto. Pero entre la duda y el temor, respira hondo y responde con un saludo que le sabe a poco.

​La respuesta llega enseguida:

​«¿Estás ocupada?».

​Apenas pulsa «enviar» después del “No”, y el móvil ya vibra en su mano. Eva lo mira, como quien no sabe cómo descolgar una llamada. Toma aire, se cubre con una toalla para no escucharlo desnuda y contesta.

​—¿Seguro que no te molesto? —la voz de Iván lleva la cadencia de quien evalúa su efecto. Luego añade—: Voy con Luna, y me cuesta escribir con la correa.

​No miente. Pero tampoco es la razón real de la llamada.

​Eva cierra los ojos. Su piel ya no lleva solo la humedad de la ducha. La voz de él se desliza hacía donde no la esperaba. Se aclara la garganta y responde:

​—Tranquilo, solo estaba a punto de luchar con el secador después de ducharme.

​Al otro lado, el silencio se alarga. Dos segundos, tres, cuatro. Lo escucha toser y suspirar.

​Iván afloja la correa de Luna al caminar por una calle tranquila. Ha dormido poco. El cuerpo le pesa, pero el cansancio no lo frena.

​—¿Qué te parece si quedamos esta tarde? A las seis. Y te presento a Luna.

​Eva se endereza. Fijar la hora lo vuelve todo más real. Intenta sonar despreocupada, convencida de que él ya recibe suficiente atención de otras.

​—¡Claro! —falla—. ¿Dónde nos encontramos?

​—Voy a tu edificio, y caminamos hasta un sitio donde pueda soltarla…

​… Y alejarnos de su amiga para saber si han hablado del martillo.

​Un plan tan cómodo que es imposible decir que no. Sonríe.

​—Perfecto. Nos vemos a las seis.

​Eva cuelga con el cosquilleo de esa voz aún en el estómago. El vapor ya se disipa en el baño, pero la duda sigue pegada a su piel.


¿Quieres seguir leyendo?


📖 Continúa con los capítulos 4–8 en Wattpad


💌 Recibe el POV exclusivo de Carmen


🛒 Compra el Volumen I (A partir del 15 de septiembre)